Andry, la vida trágica de una mujer pequeña

Texto y fotografías por Hugo Cárdenas López

La echaron de su casa cuando contó su orientación sexual, a los 16 años. De Neiva a Bogotá, luego a Medellín: prostitución, drogas, el asesinato de sus compañeras en la calle. La primera mujer trans y de baja estatura de Colombia jura que el amor no existe, y aunque nada le ha sido fácil hoy es la reina de un albergue en Villanueva, Cali, donde tiene techo y gana su salario como trabajadora sexual virtual

Andry Julieth Torres Navarro decide unilateralmente que es hora de parar. Nueve minutos después de iniciada la entrevista, se retira el micrófono solapero que lleva colocado al cuello de su blusa. Marcan 32 grados en la tarde caleña, y el maquillaje ha empezado a correrse.

—Lo peor que ustedes pudieron hacer fue apagar el ventilador —se enoja. 

El calor la desespera, se excusa después.

—A mí el calor me desespera y va a ver que en un momento se me empieza a brotar la cara y el cuello. Yo soy enemiga del calor, bebé.

La escena dibuja un poco del carácter de Andry, una mujer que luce sin pudores sus 122 centímetros de altura. Ese temperamento le permitió sobrellevar dos condiciones que poco encajan en el mundo moderno: ser mujer transexual en una sociedad que discrimina, y ser una persona de baja de estatura en un mundo que excluye.

—Tengo el enorme orgullo de ser la única transexual de baja estatura y operada de Colombia. Porque transexuales de baja estatura hay en Estados Unidos y en otros países de Europa, pero en Colombia solo yo, Andry Juliet, conocida popularmente en las redes sociales como ‘La Madre’.

La entrevista debía realizarse en el Cuarto Rojo de la sala de web cam para adultos donde trabaja, en el barrio Villanueva, uno de los sectores más populares del Oriente de Cali, pero una compañera ocupó la habitación. La opción entonces es el Cuarto Rosado, un espacio de dos metros cuadrados en el que hay media cama de color rojo, una cámara web que apunta hacia lo más bajo del dormitorio y dos lámparas que cuelgan en cada esquina para hacer más familiar un ambiente vestido de pecado. 

Esas mismas habitaciones, dispersas como en un laberinto en el segundo nivel de una vivienda en el barrio Villanueva de Cali, se convierten cada noche en el lugar de residencia de 28 chicas trans que, como Andry, se sienten bendecidas de tener alimentación y techo, un verdadero privilegio dentro de una comunidad que mayoritariamente deambula en la calle y tiene a muchas de sus muchachas en condiciones de indigencia.

Nueve años atrás, esta casona que parece arrancada de un estrato socioeconómico más alto para la arquitectura sencilla del barrio, era solo una casa albergue en la que Néstor Pérez, empleado de las Empresas Municipales de Cali y jefe de Andry, llegó a sostener con su salario y ayudas de vecinos y amigos hasta a 48 mujeres trans recuperadas de las calles, maltratadas y vulneradas.

—Hemos tenido además mujeres trans en estado de incapacidad. Hay dos que a Dios gracias logramos recuperarlas después de una golpiza severa que las dejó bastante lesionadas y ahora están por fuera, y tenemos a Camila, que lleva con nosotros dos años y poco a poco con terapias ha ido recuperando su movilidad y ya puede dar pasos. Ella misma se atiende, se cambia y se baña porque ni eso podía hacer”, relata Néstor, propietario de la webcam N&A marketing digital.

La tarde de la entrevista, Andry lleva puesta una blusa de tono café claro sin sostén, un short de jean y unos tacones de diez centímetros. Atado a la pared, ha vuelto a girar el ventilador ruidoso que jamás debió ser apagado.

No sabe por qué razón se autobautizó ‘La Madre’, pero es quizá la manera con la que busca espantar su único temor: enfrentarse en esta nueva faceta a su madre. Al único ser que ama y al que perdona, sin que se lo haya pedido, porque siendo muy niña la empujó a la calle para cumplir con la condición que le imponía su padrastro si su madre pretendía que viviera con ella.

—Tú sabes que una mujer por amor hace lo que sea —trata de justificarla Andry. Un silencio incómodo inunda el cuarto. Cuando levanta su cabeza tiene el rostro bañado en llanto⎯. Ella prefirió esa cosa de marido que tiene antes que a mí, que me parió y estuve entre la vida y la muerte.

Una vida de calle

Veintisiete años atrás, Andry Juliet vino al mundo en la ciudad de Neiva, capital del Huila. Una especie de milagro es lo único que explica que el personal médico haya podido salvar su vida y la de su madre, a quien semanas antes del parto le diagnosticaron preeclampsia, una enfermedad que altera de manera grave la presión arterial de la parturienta y pone en riesgo su vida y la del feto. Pero lograron sobreponerse, y unos meses después el pequeño fue bautizado con un nombre que hoy Andry Juliet prefiere olvidar.  

Pocas semanas más tarde Andry fue diagnosticada de acondroplasia, una enfermedad hereditaria que les ocasiona a los pacientes el arqueo de la espalda, el crecimiento incompleto de brazos y piernas, y un tamaño pronunciado de la parte frontal del cráneo. 

La acondroplasia, que también padeció su madre, afecta el crecimiento y es la causa más común del enanismo en el mundo. Para el niño que vivió durante ocho años asilado en el cuerpo que hoy habita Andry Juliet, eso jamás fue un problema.  

Desde niña, Andry viene nadando contra la corriente en un mundo que considera anormal todo lo que rompe los estereotipos. Tuvo la capacidad de nacer dos veces y en un género distinto. Su segundo nacimiento fue a los ocho años de edad; sentía el vértigo en el estómago cuando veía pasar por su calle a otros niños de su mismo sexo.  

Cuando aquello pasó, la moral familiar comenzó a proyectarse sobre su vida como una sombra, y ella quiso disimularlo. Pero su esfuerzo fue inútil. Cuando cumplió 16 fue lanzada a la calle a vivir su propio mundo. Debió madurar a la fuerza y sin la edad ni la experiencia, cuenta. Lo único que queda de ese pasado que prefiere olvidar es una cuenta de Facebook en la que se ve vestido como hombre, con el cabello teñido, la mirada vacía mientras posa junto a varios amigos. 

—Tuve que irme por mi orientación y además por ser una mujer de baja estatura sufrí ⎯dice entre sollozos⎯. Pese a mi condición de vulnerabilidad, me fui para para Bogotá y no tuve más opción que dormir en las calles. Lloré mucho. Viví rodeada de todos los escenarios de maldad y violencia. Fui trabajadora sexual y sufrí todo tipo de maltrato, pero esa misma calle me hizo fuerte.

Por primera vez en lo que va de conversación, acaso, la mujer que habla ha dejado caer su máscara de éxito y autosuficiencia. Para su jefe, Néstor Pérez, los dos metros cuadrados de la sala webcam en la que trabaja son para Andry un oasis en medio de los temores y amenazas que vive. Pérez cuenta que el antiguo empleador de Andry en Medellín, quien le ayudó a pagar las prótesis, sigue cobrándole un dinero y unos intereses que ya le pagó, y que ahora está más expuesta porque además es influencer.

—Cuando di mi primer paso en la calle empecé mi camino hacia una mujer transexual. Para eso debe uno cruzar muchas etapas y romper muchas barreras. Se empieza como chico, como pirobo (marica); después como transgénero, una transformista; después medio travesti; y ya cuando se está muy decidida como yo, que siempre tuve un sueño y me la guerreé para lograr lo que soy ahora: una mujer transexual.

Andry Juliet sigue llorando.

—Me tocó enfrentarme a muchas cosas, incluida mi familia. Me tocó enfrentarme con mi papá; mi mamá ya sabía lo que yo era, pero todavía no lo asimilaba. Para ella ha sido muy duro verme como una mujer trans, aunque no me ha visto operada, porque ella llevó nueve meses en su vientre a un hombre y pasan los años y ahora ve a una mujer. Pero hay un dicho en la Biblia que dice que aunque tu padre y tu madre no te quieran, Jehová te recogerá —solloza Andry. Las aspas del ventilador son el único sonido—. Le doy gracias a Dios y a las personas que, a pesar de no ser familiares míos, como Néstor Pérez, me aconsejan y me ayudan. Yo sé que puedo hacerme todas las cirugías que quiera, pero mi mamá siempre me verá como hombre.

 

Una vida de violencia

—Para mí el amor no existe; es pasajero. Sólo se vive, se disfruta y chao. Los hombres sirven para tres cosas: uno por el interés de ver qué pueden sacar; dos, para hacerles daño a las demás personas, y la tercera, me la reservo⎯ dice, y a pesar de su pesimismo, sonríe.

A Andry, la experiencia de una vida a la intemperie le fue forjando esa idea. Desde que sus padres la echaron de su casa, deambuló por muchos lugares y quedó expuesta a todas las violencias. 

—La viví por primera vez cuando tuve que salir del pueblo en que vivía. El muchacho que era mi pareja me confesó que el marido de mi mamá, Floro Emiro Guevara, quien le pidió a mi madre que me sacara de la casa, le había pagado cuatro kilos de marihuana para que me diera una pela (golpiza) y me hicieran de todo. Me pusieron un fierro (pistola) y me dieron una paliza que me jodieron las costillas. Mi mamá me dio una plata para que me fuera.

Andry dejó el pueblo de Neiva y se largó para la metrópolis, Bogotá. Vagó por las calles frías, vio la droga de cerca, se prostituyó en las vías y vio morir a personas muy cercanas de la comunidad LGTBIQ+. En Medellín, la siguiente parada, también fue trabajadora sexual. Hasta que una amiga que trabajaba en una panadería le presentó a un hombre que le propuso viajar a Cali para trabajar como modelo webcam, un oficio en el que ya completa dos años.

Pero Cali, cuna de uno de los más grandes carteles de la droga que conoció el mundo, tampoco es un lugar seguro para Andry. De acuerdo con cifras de la Fundación Santamaría, casi las únicas que existen, entre el 2005 y el 2017 fueron asesinadas en la ciudad 81 mujeres trans. Una cifra que para las integrantes de la comunidad no refleja la realidad: muchas más que han muerto de manera violenta quedaron en los registros de Medicina Legal con su identidad de hombres. 

Como Andry, excluidas de los circuitos de educación formal, de las estructuras sanitarias, muchas veces de las propias familias, a las mujeres trans les espera la prostitución como única manera de mantenerse. Al menos 51 de las 81 mujeres asesinadas en Cali eran trabajadoras sexuales. Y no es sólo la violencia física. Aunque cuando se mira al espejo Andry Juliet ve “a una mujer; me veo como siempre soñé ser”, ha sido una víctima frecuente de la transfobia.  

—Lo más duro para mí no es lo que la gente me ha dicho en la calle —dice—, sino el bullying y la discriminación que he recibido por parte de la misma comunidad LGBTIQ. Siempre existirán la homofobia y la discriminación, pero hay algunas que porque tienen dinero o alguna belleza, están acostumbradas a sentirse superiores a las demás.

Queda claro: Andry nunca fue una mujer de callar las cosas. 

—La discriminación o la homofobia las he sentido mucho en hoteles, en almacenes donde los mismos que atienden han iniciado con una burlita. Aquí en Cali he hecho muchos escándalos. Además de ser adicta a las redes sociales, soy adicta a agarrarme con las mujeres.

Andry vuelve a mirar su teléfono, que no ha parado de vibrar desde que inició la entrevista.

—Estoy orgullosa de ser la primera transexual en Colombia de baja estatura —repite, pero su atención parece estar ya en otro lugar. 

Se levanta de la cama, camina hacia la ventana y en un tono de voz muy bajo envía un audio de WhatsApp. Afuera, el ritmo del barrio Villanueva sigue su curso. A tan sólo una cuadra, en la cárcel de Villahermosa, hay más de 4500 hombres presos. 

—Soy adicta a mostrar mis fotos y a hacer videos calientes por mi trabajo. Me gusta lo que hago y me gusta hacer dinero con ello —asegura. 

Andry Juliet retorna a su mundo virtual. Casi de inmediato recibe la primera llamada de un cliente; cierra la puerta antes de volver a la cama. Las lámparas se encienden y el ventilador ruidoso gira a máxima velocidad.

 

Este artículo es parte de El último techo, un especial transnacional del Laboratorio de Periodismo Situado.